Ms Puddle's Haven

Relación Peculiar Capítulo 6 (Parte 1)

¡Gracias por seguir esta historia! Es mi imaginación basada en los eventos escritos en el segundo volumen de Candy Candy Final Story (CCFS). Más de una de ustedes ha señalado que Sarah posiblemente dio su discurso frente a los miembros de la familia y/o parientes. Sin embargo, no está claro a cuantas personas los Leagan habían invitado a la fiesta de inauguración de su lujoso resort.

De cualquier forma, espero que disfruten leyendo este largo capítulo; me llevó algo de tiempo escribirlo esta vez. Si gustan, por favor déjenme algunas palabras para hacerme saber lo que piensan. ¡Agradezco su apoyo!

Muchas gracias, mi querida amiga QuevivaCandy! ❤ ❤ ❤ ❤

-Ms Puddle

Capítulo 6 (Parte 1)

“¿Señorita Candice?”, preguntó Mary, empujando la puerta del servicio de damas.

“¡Si, Mary, aquí estoy!” respondió en voz alta Candy, siendo en ese momento la única alma en el enorme vestidor y cuarto de duchas. Antes de eso, en cuanto había visto su propio reflejo en el espejo, se quedó de piedra, preguntándose porqué Albert no le había dicho la verdad. No había forma de que ella regresara al salón de baile con ese aspecto. Muchas hebras de su cabello se habían soltado del moño, encrespándose amotinadamente contra su cuello. Poco sabía que su despeinado cabello de hecho le daba el aspecto de recién-salida-de-la-cama, recordándole a Albert sus preciosos momentos en el diminuto apartamento.

Cuando Mary entró, Candy ya se había limpiado el maquillaje. Estaba tirando la última horquilla de su moño, dejando que su cabello cayera en una cascada sobre sus hombros. A pesar de no tener idea de porqué la chica había cambiado el estilo de su peinado, Mary la saludó alegremente, “Señorita Candice…”

La joven la interrumpió enseguida, “Por favor, Mary, solo llámame Candy.”

Mary titubeó. La pobre huérfana que había llegado a casa de los Leagan como compañera de juegos hace muchos años, había florecido en una mujer con un aspecto parecido al de una princesa. Aunque no era una belleza clásica, muchas personas encontraban inolvidable su encantadora sonrisa, y debido a sus brillantes ojos, a menudo obtenía segundas miradas de los transeúntes. Ahora, con sus largos rizos sueltos, se veía más impresionante que antes. “Entonces, Señorita Candice…”

“¡Mary!” protestó, haciendo un ligero mohín. Mary suspiró y cedió. “Está bien, Candy. ¿Qué puedo hacer por ti?”

Entonces Candy le mostró a Mary lo que llevaba dentro de su bolso, las horquillas con diminutas piedras preciosas de esmeralda, un cepillo, un lápiz labial y un par de sombras para ojos, pero quería que Mary le arreglara primero el cabello. Mientras le cepillaba el cabello, empezaron a recordar sus buenos y pasados tiempos, y Mary más tarde le contó sobre el Sr. Whitman, el jardinero de los Ardlay en Lakewood, de quien Anthony se había hecho amigo. “Oh, ¿El Sr. Whitman se mudó a California? ¿Tienes su nueva dirección postal?”

Mary dijo que le escribiría a Candy para darle la dirección. Se dio cuenta de que la joven no había cambiado mucho en términos de su personalidad. Incluso como hija adoptiva de Sir Ardlay, prefirió ayudar en el orfanato, cuidando a los desafortunados niños que habían perdido a sus padres. En resumen, Candy todavía era la misma adorable muchacha.

Mientras hablaban y reían, Mary se determinó hacer que Candy se viera tan hermosa como sus manos se lo permitieran, así que en lugar de halarle todo el cabello hacia atrás, solamente recogió los lados de su rubio cabello y trenzó sus rizos en un moño, adornando las trenzas con las horquillas de esmeralda. Después de enrollar el moño en su lugar, Mary dejó que los rizos restantes cayeran sobre los hombros de Candy, dándole un aspecto más parecido a un hada que a una princesa. Admirando a la atractiva muchacha en el espejo, Mary comprendió porqué el señorito Neil sin poder evitarlo se había enamorado de la huérfana a quien solía despreciar e intimidar.

Cuando Mary procedió a aplicar el maquillaje en el rostro de la joven, ella observó, “Candy, tus sonrosadas mejillas en realidad no necesitan maquillaje, pero resaltaré tus ojos y labios.” Entonces Mary le relató a Candy sobre lo que le había hecho a Neil antes de la fiesta de compromiso, lo que hizo que Candy estallara en carcajadas. Luego Candy dijo con una risita, “¿Laxante? ¿En su té?”

“Sí, eso hice,” admitió con un guiño, pero un suspiro se escapó de sus labios después de eso. “Es una lástima que no funcionara.”

Sonriendo, Candy le agradeció a Mary de todo corazón. Mary sabía que a Candy realmente le desagradaba Neil. Entonces Candy recordó como Albert había salvado el día. Sino no fuera por su oportuna intervención, no estaba segura que le hubiera sucedido en ese entonces. ¿La Tía Abuela Elroy la habría encerrado por su insolente comportamiento?

Hablando de Albert, Candy dejó que su mente volviera a divagar en su más íntimo momento con él. Estaba muriendo por saber que había pasado por su cabeza justo antes que los dos se marcharan juntos del jardín. Cuando suavemente le había metido los dedos por el cabello, había fijado su mirada en ella, su respiración se fue haciendo más fuerte con cada segundo. Hipnotizada por la sensación de su cálido aliento acariciándole la mejilla y por la intensa chispa en sus ojos azules, había sentido mariposas en el estómago, y la anticipación también se había deslizado en ella. Sin embargo, el ambiente romántico se había hecho trizas cuando un ceño fruncido se deslizó por el rostro de él, haciendo que se apartara bruscamente de ella. Por lo tanto, después de eso la confusión y la desilusión la habían inundado.

Aun así, ese gesto había sido evidentemente más que amistoso, lo que había reforzado su esperanza de que él hubiera desarrollado sentimientos especiales por ella. En retrospectiva, ella se preguntó si él había recordado su papel de tutor en ese preciso instante y por consiguiente había sido afectado por su consciencia. Si ese era el caso, ella empezaba a comprender el alcance de sus luchas internas, y la empatía creció en su interior ya que sabía de primera mano el dolor del sufrimiento por un amor prohibido. De hecho, ¿Cuándo él se había dado cuenta de sus sentimientos por ella? ¿Antes o después de su recuperación?

Esto le recordó las abrasadoras preguntas en su cabeza que ella nunca había tenido oportunidad, o quizás el valor, de preguntarle. ¿Qué lo había motivado a ocultarle su recuperación? ¿Por cuánto tiempo? ¿Podría ser que él haya querido continuar viviendo con ella en el Apartamento de Magnolia? ¿Pero cuáles habían sido sus razones primarias? ¿Estar reacio a regresar a su antigua vida? Pero él ya había reanudado su trabajo, ¿O no? Sus vecinos lo habían visto vestido de negro junto a otros hombres de trajes oscuros, parecidos a los miembros de la mafia, ¿Correcto?

Desde que inesperadamente se había quedado callada, incluso con un aspecto un poco pensativo y preocupado, Mary le preguntó, “Candy, ¿Estás bien?”

“Estoy bien,” respondió, con una lenta sonrisa extendiéndose en sus labios. Entonces notó que Mary estaba guardando de vuelta los cosméticos en su bolso. “¡Gracias, Mary!”

“¡Es un honor y un gusto, Señorita Candice!” pronunció con un guiño. En ese momento, la puerta se abrió de golpe, y la voz de la Sra. Legan llegó antes que su persona, “Mary, ¿Estás aquí?”

Mary rápidamente le dijo adiós a Candy y se fue corriendo hacia la puerta. Se disculpó, “Lo siento, Madam Sarah. Sir Ardlay y la Señorita Candice necesitaban mi ayuda.”

Entonces la Sra. Leagan le murmuró algo a Mary, quien respondió, “Estaré ahí, Madam.”

A Mary se le requería urgentemente ya que el banquete estaba empezando, y el mayordomo encargado le había informado a la Sra. Leagan que Mary había dejado su puesto, yéndose en esa dirección, poco después que hablara con Sir Ardlay. Para el momento en que Candy salió del interior del servicio de damas, Mary se había marchado. La Sra. Leagan sin embargo la estaba esperando. Candy atentamente le pidió a la Sra. Leagan que no fuera a tratar duramente a Mary, y cuando la Sra. Leagan coincidió, Candy continuó agradeciéndole por haber negado los rumores sobre ella, a lo que la Sra. Leagan puso una sonrisa de pura cortesía. “Solamente porque fue una orden del Tío Abuelo William, Candice.”

La joven asintió en reconocimiento. Entonces Sarah le dijo que las mesas para la cena ya habían sido montadas para todos los invitados. Mientras Sarah dirigía a Candice a su asiento asignado en el salón del banquete, disimuladamente evaluó el aspecto de la muchacha. Las manos expertas de Mary increíblemente habían hecho que Candy luciera rejuvenecida. No solo eso, su joven piel prácticamente estaba resplandeciendo. ¿Qué le habrá hecho Mary para conseguir ese efecto? Lo que Sarah desconocía, era el efecto secundario de un amoroso abrazo con cierto hombre, había hecho que el rostro de Candy brillara.

Cuando Candy llegó a la mesa, se dio cuenta que se sentaría junto a los Leagan y Albert. Con vacilación, alzó sus interrogantes ojos a la Sra. Leagan. Sarah amablemente le reaseguró, “Te sentarás a mi lado, Candice. Es idea de Raymond.”

Entonces el Sr. Leagan se les unió y confirmó, “Si, Candice. Sarah tiene razón.”

Candy sopesó sus opciones; sería grosero rechazarlos en ese momento. Quizás el Sr. Leagan quería compensarla por el mal trato que le dieron en el pasado. Notando que los empleados de los Leagan con quienes ella estaba familiarizada estaban todos ocupados y que tampoco Albert ni George se encontraban en ese momento por los alrededores, Candy se mentalizó y les agradeció a ambos el honor.

Entonces Sarah tomó asiento a su lado, preguntándole, “Candice, el Tío Abuelo William te estaba buscando. ¿Creo que finalmente te encontró?” Sarah recordó las palabras de Mary. De hecho, desde el momento en que había sido informada que Sir William había hablado personalmente con Mary, había estado con el alma en un hilo, preguntándose si Candy había escuchado algo.

“Si, efectivamente, Sra. Leagan,” afirmó Candy, sonriéndole. “Yo estaba en el jardín cuando una ráfaga de viento sopló un poco de tierra en mis ojos. El Tío Abuelo William amablemente me guío de nuevo al interior, pidiéndole a Mary que me ayudara.”

Al escuchar la respuesta de Candy de en dónde había ocurrido eso, Sarah estaba horrorizada, y por una fracción de segundo, una mirada de culpa y angustia atravesó sus ojos. Por consiguiente, a manera de parecer despreocupada, Sarah desvió la mirada hacia su regazo para sacudirse un poco de polvo invisible de su impecable vestido.

¿Eso quiere decir que Candice nos escuchó? Si lo hizo, ¿Le contó algo de ello a Sir William?

Por otro lado, Candy estaba plenamente consciente que Eliza y su madre siempre la habían mirado hacia abajo con desprecio, así que lo que habían dicho de ella allá afuera en realidad no la había disuadido de vivir su vida de la manera que ellas menospreciaban. Como la Señorita Pony le había enseñado todos estos años, “No importa lo terrible que la gente te trate, nunca te rebajes a su mismo nivel intercambiando insultos“.

Por lo tanto, Candy habló más fuerte, “Sra. Leagan, no se preocupe. No planeo contárselo al Tío Abuelo William.”

La cabeza de Sarah se alzó rápidamente, captando la compasiva sonrisa de Candy. Sarah no tuvo problema en comprender a lo que Candy se refería, así que Candy básicamente había respondido su tácita pregunta. La muchacha en efecto había escuchado todo.

Sintiéndose aliviada por la promesa de la chica, aun así un rubor de vergüenza recorrió a Sarah. Ella siempre se había considerado una respetable mujer criada en una familia decente, sin embargo, en ese momento, Sarah debía admitir que la huérfana, aunque con un nacimiento de origen desconocido, era en esencia una mejor persona con un carácter noble.

En ese momento, Eliza y Neil llegaron uno detrás de otro. Mientras Neil continuaba evitando el contacto visual con Candy, Eliza echaba humo con una silenciosa ira, pensando, ¿Qué estará tramando ahora esta bruja? ¿Por qué se dejó su cabello rizado suelto?

Al parecer, la huérfana se había aflojado el apretado moño en la parte posterior de su cabeza para mostrar sus sedosos rizos rubios que ya le llegaban más allá por debajo de los hombros. No habiéndose visto una a la otra por muchos meses, Eliza no sabía que Candy se había dejado crecer el cabello hasta ese largo.

=o=o=o=

Justo cuando Albert estaba pensando en George, el hombre llegó por detrás, “Sir, William, la cena ya se está sirviendo.”

“Gracias, George.”

Mientras se dirigían al salón del banquete que estaba conectado con el de baile, Albert le preguntó a George si podía cambiar su agenda de los siguientes días. Antes de que el joven pudiera explicarle el porqué, George levantó una de sus oscuras cejas y sus labios se curvaron en una conocedora media sonrisa. “Sir William, ¿Puedo preguntarle si está planeando llevar usted mismo a la Señorita Candice a casa?”

El joven no estaba sorprendido en lo más mínimo. Asintiendo, sus ojos azules brillaron, y rápidamente le dirigió una radiante sonrisa a su leal asistente. ¿Quién me conoce mejor que George?

George contempló su petición. “Por favor primero permítame analizar sus próximos compromisos.”

“Por supuesto, George. Te lo agradezco.”

Entonces George condujo a su joven jefe a la mesa redonda en dónde la familia anfitriona estaba sentada. A la distancia, Albert pudo ver que solamente quedaba una silla vacía, y que a su derecha estaba una hermosa dama de cabello rubio. Se encontró confundido respecto a quien era ella y no la reconoció hasta que se acercó a la mesa. Estaba contento de saber que a ella no le importaba sentarse a su lado en esta ocasión. Ignoraba que de hecho esa era una orden de su tía. En un intento por atraer más pretendientes, colocando a Candice al lado de su sobrino, les daría a los invitados la impresión de que ella era un miembro muy importante en la familia. Por lo tanto, la organización de los puestos se aseguró de que él, Candy, el Sr. y la Sra. Leagan, quedaran de frente a los invitados.

Cuando el uniformado sirviente le haló la silla al jefe de la familia, éste último se agachó e inclinándose un poco hacia la dama, susurró, “Increíble. ¿Qué te hizo Mary, Candy?”

Las luces en sus verdes pupilas brillaron en respuesta, y su rostro se iluminó aún más ante su observación. La sonrisa que ella le regaló habría derretido a la mayoría de los hombres, y Albert tampoco fue inmune. Estaba hipnotizado hasta que la voz del sirviente lo trajo de vuelta a la realidad. “Señor, ¿Le gustaría Filet Mignon o Selección de Mariscos?”

Eligió el Filet Mignon, y luego el sirviente inquirió, “¿Vino tinto, señor?”

“Si, por favor.”

Cuando el sirviente vertió el vino tinto en la copa, Albert saludó a los Leagan uno por uno. A excepción de Candy y Eliza, todos en esa mesa habían elegido carne para su plato principal. A lo largo de la cena, el Sr. Leagan fue quien más habló, principalmente con el jefe de la familia sobre sus actuales prospectos empresariales. Además estaba entrenando a Neil, quien le había demostrado ser digno de ser su hijo, etc.

(Continuará)

Relación Peculiar

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