Ms Puddle's Haven

Relación Peculiar Capítulo 10 (Parte 2)



¡Feliz día de San Valentín! ❤ ❤ ¡Muchas gracias por traducir, QuevivaCandy, mi querida amiga! ❤ ❤ ❤ ❤

-Ms Puddle

Capítulo 10 (Parte 2)

Sin embargo, para su gran sorpresa, la Tía Abuela Elroy invitó a la joven a hablar con ella a solas en la oficina. “Gracias, Señorita Pony. No tardaré demasiado, eso se lo aseguro.”

En cuanto las dos se sentaron en el sofá, la anciana empezó a decir, “Haré que esto sea breve si tú cooperas conmigo, Candice. La Señorita Pony dijo que no ha visto a William desde hace aproximadamente dos semanas. Ahora, sé honesta, ¿en dónde se encuentra?”

“¿Qué?” soltó la joven, pero enseguida se disculpó, “Lo siento, Tía Abuela Elroy. No era mi intención levantar la voz. Sin embargo, debo decir que desconozco su ubicación.”

La anciana le lanzó una mirada de sospecha antes de retomar la palabra, su expresión de pronto se suavizó, “Debo agradecerte, Candice, por haber cuidado de William durante tanto tiempo cuando él estuvo enfermo. No sé cómo puedo pagarte tu bondad hacia él, así que no lo detuve cuando me enteré de que él pagó de su propio bolsillo la compra de la tierra y el financiamiento para la reconstrucción y renovación de este orfanato.”

Cuando se detuvo para darle un sorbo a su té, Candy no dijo nada en respuesta. Estaba sumamente perturbada por la pregunta original de la Tía Abuela Elroy respecto a su sobrino. ¿Qué había pasado? ¿Había desaparecido?

Por lo tanto, la voz suplicante de la anciana la hizo dar un salto, “Si aun así piensas que eso no es suficiente, ¿qué otra cosa deseas de nosotros, Candice? ¿Qué te hará dejar a William para siempre?”

La joven no podía creer lo que escuchaba. “¿Cómo dice, Tía Abuela Elroy?”

Era difícil para la anciana no perder la paciencia cuando William se encontraba desaparecido desde la mañana del día anterior, después de haber tenido una acalorada discusión durante el desayuno respecto a Candice. Le había contado a su tía que había estado reprimiendo sus sentimientos hacia la joven huérfana, pero las cosas habían mejorado últimamente. Debido a su mutua atracción, habían entrado en la etapa de cortejo desde hacía tiempo, y por esta razón él había presentado oficialmente la anulación de la adopción. La noticia de última hora había tomado completamente desprevenida a Madam Elroy, pero el asombro pronto se había transformado en rabia y posteriormente en disuasión. Sin embargo, él se había negado a discutir más sobre el asunto, y no pudo terminar su plato. Antes de marcharse de la mansión, había declarado en tono firme, “Tía Elroy, ya que tiene mi respeto, quería informarle que es lo que sucede en mi vida privada. Por favor tenga en cuenta que en absoluto estoy buscando su aprobación.”

Pero no había ido a trabajar como usualmente lo hacía. Incluso George no había visto para nada a William. De acuerdo a este, William había llamado a su secretaria para confirmar que nada requiriera de su presencia ese día, así que le delegó tareas a George y a sus subordinados. No obstante, Madam Elroy había pasado todo el día contemplando mentalmente varias estrategias a manera de hacer entrar en razón a su sobrino, pero William no había llegado a casa. Había permanecido despierta hasta altas horas de la noche esperando a su sobrino, pero mientras más esperaba, más desesperada se había puesto. Madam Elroy había temido que William hubiera recurrido a escaparse con el fin de casarse, así que se determinó a rastrearlo, pero antes que nada, trataría de encontrar a Candice.

Por lo tanto, Madam Elroy estaba más que aliviada de que Candy simplemente parecía no tener idea. Al menos la joven aún se encontraba ahí. Ya que William no estaba con la huérfana, Madam Elroy tenía tiempo de sobra. Sin mencionar que la joven era aparentemente un blanco más fácil para enfrentar, debido a sus respectivas posiciones dentro de la familia.

“Quiero decir,” empezó la anciana para explicarse, “puedo hacer por ti todo lo que esté a mi alcance con la condición que nunca más vuelvas a verlo.”

“Nunca,” la joven no pudo haber respondido más aprisa. “Nunca le prometeré eso, Tía Abuela Elroy,” dijo Candy al punto que su voz era sorprendentemente apacible pero firme.

Madam Elroy miró a Candy, enmascarando su sorpresa por obtener tal respuesta por parte de la generalmente dócil joven. Desde el debut de William, él había redoblado sus esfuerzos para mejorar la relación entre la Tía Abuela y Candice. Con el tiempo, la Tía Elroy había desarrollado gradualmente una simpatía por la joven, así que la dos habían estado en buenos términos por algún tiempo. Sin embargo, tratarla como un miembro remoto de la familia era completamente diferente a aceptarla como la futura señora de la casa. Por lo tanto, Madam Elroy aún no estaba dispuesta a echarse para atrás, y propuso, “¿Qué tal si te envío a Londres o a París? Estás perdiendo tu tiempo y talento aquí en la campiña. Todavía necesitan desesperadamente a enfermeras experimentadas después de la Gran Guerra, y tengo contactos con los directores de algunos hospitales de por allá.”

Candy vaciló. La idea de trabajar en un gran hospital se había cruzado ocasionalmente por su mente, y sin embargo, imaginar el resto de su vida sin Albert hacía que le doliera el corazón, como si imaginara sus días sin la luz del sol. Por ende, respiró profundamente y rechazó la oferta, “Gracias por preocuparse por mí y por mi futuro, Tía Abuela Elroy, pero no me iré si eso significa que no puedo volver a ver a su sobrino.”

Entonces a la anciana se le acabó la paciencia. Tomando ventaja de la bondad de la joven, Madam Elroy explicó en detalle como la cuestionable naturaleza de la relación de su sobrino con su hija adoptiva había dañado considerablemente su reputación, arruinando su posibilidad de casarse con una dama de una familia respetable. En otras palabras, el escándalo había hecho que vieran a William con malos ojos, haciéndolo por años el hazme reír de la alta sociedad. Por lo tanto, ellas debían hacer algo concreto para sofocar toda esta publicidad negativa.

Mientras que la anciana aún seguía hablando, Candy había permanecido pensativa y evitaba la mirada persuasiva de la matriarca. En ese momento, la anciana abruptamente cambió de tema, “¿Él ya te propuso matrimonio?”

La joven negó con la cabeza, bajando la mirada hacia su regazo. “No,” llegó en voz baja su concisa respuesta, y reflexionó, ¿ya llegó mi relación con Albert a esta etapa?

Madam Elroy era consciente de que William había llevado recientemente a Candice a Lakewood sin una chaperona, pero no era ocasión para hablar sobre el decoro. La matriarca tenía un asunto más apremiante entre manos, así que imploró, “¿Me prometes que no lo aceptarás si lo hace?”

“No, no lo haré,” Candy replicó en un murmullo, poniéndose inesperadamente de pie y dando un gran paso lejos de la matriarca.

Ante eso, Madam Elroy frunció el ceño y apretó los labios en disgusto, estirando el cuello para fulminar con la mirada a la joven. Cuando un incómodo silencio cayó sobre ellas, Candy se mordió el labio inferior, sacudió incesantemente la cabeza como si quisiera enfatizar su previa y franca respuesta.

Así que Madam Elroy empleó un planteamiento menos contencioso, “¿Acaso no estás agradecida con tu padre adoptivo? ¿Es así como le pagas?”

“¡Lo amo!” Candy no pudo evitar pronunciarse, con lágrimas brotando de sus ojos color esmeralda. Luego rápidamente añadió, “¡Desde lo más profundo de mi corazón!”

“¡Exactamente, Candice! Y es por eso que estoy aquí,” habló la matriarca en tono paciente y amable. “Eres demasiado ingenua, y quizás demasiado testaruda para aceptar la realidad-”

Antes de que ella pudiera terminar, la joven hundió el rostro entre sus manos y empezó a sollozar. “Amo a su sobrino,” Candy repitió. “Realmente lo amo…”

Su voz se fue apagando. La Tía Abuela Elroy estaba en lo correcto. Candy había ignorado el alcance de los rumores, y aunque el daño ya estaba hecho en la vida de Albert, su resolución rápidamente se diluyó como un cubo de azúcar en el té caliente. Entonces las palabras de la anciana continuaron como llamas avivadas, “Sí, pero Candice, eventualmente te arrepentirás. Tu apego hacia él solamente le traerá ruina a su vida.”

Por mucho que Candy estuviera perdidamente enamorada de Albert, percibía que ella misma había sido la causa fundamental de que él hubiera sido ridiculizado por los demás. Entonces escuchó a la Tía Abuela Elroy decir, “Si yo fuera tú, dejaría a William… antes de que sea demasiado tarde.”

Comprendiendo las razones de por qué la tía de Albert estaba desesperada para hacerla desaparecer de su vida, Candy pensó en voz alta entre sollozos, “Lo sé… no debería… hacerlo sufrir más… por mi culpa…”

Justo cuando los ojos de Madam Elroy se iluminaron, creyendo que había ganado la partida y que la joven finalmente había entrado en razón, un contundente llamado a la puerta las sobresaltó a ambas. En una fracción de segundo, la puerta de la oficina se abrió de par en par. El joven que entró a la oficina fue recibido por el audible jadeo de las mujeres, y sorbió por la nariz como si estuviera resfriado. Mientras le asentía a la anciana con educación, las comisuras de sus labios se curvaron un poco, y Madam Elroy estaba aliviada pero nerviosa de verlo ahí, insegura de cómo proseguir por el dramático giro de los acontecimientos. Candy lo miró a través de sus lágrimas, preguntándose si estaba soñando. Nuevamente había aparecido de la nada, y esta vez luciendo particularmente apuesto con su atuendo formal negro, zapatos negros de cuero, camisa blanca, y una corbata a rayas azul y blanco.

Cuando Candy estaba en trance, el hombre abrió sus brazos, sonriéndole ampliamente. Entonces volvió a sorber por la nariz pero pronunció a manera de invitación, “Ven, Candy, ven a mí.”

Su voz cariñosa siempre podía poner una sonrisa en el rostro de Candy y hacer que esta olvidara momentáneamente lo que estuviera perturbándola. “¡Albert!” gritó y sin perder tiempo, se lanzó hacia su príncipe.

“¡William! ¡Candice!” La anciana estaba molesta por el revés, pero no obstante demandó la inmediata atención de ellos.

Sin embargo, los dos se habían extrañado tanto que ninguno pudo escuchar la voz de advertencia, como si todo a su alrededor, incluyendo a la matriarca, mágicamente hubiera desaparecido. Cuando Candy estuvo lo suficientemente cerca, dio un salto y se arrojó a los brazos de Albert. Mientras sentía hundirse en su amoroso abrazo, él le pasó los dedos por el cabello y con su mano libre, acunó su cabeza y le presionó el rostro contra su pecho. Luego se inclinó ligeramente hacia adelante y le habló con ternura, “Yo también te amo, Candy.”

Candy se quedó inmóvil, sus ojos duplicaron su tamaño. Albert la había escuchado. Desde afuera debió de haber escuchado sus palabras. Entonces él sorbió por la nariz, con la voz poniéndosele más ronca y más nasal con cada segundo que pasaba, “Te amo, más allá de las profundidades de mi alma… No puedo encontrar las palabras exactas… para expresar… la felicidad que siento ahora.”

Su franca confesión agitó los sentimientos de ella e hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas frescas. Entonces él suavemente la alejó de sí y le enjugó con los pulgares el rostro manchando en lágrimas. Hoy, él parecía incluso más joven de lo habitual, como un niño que finalmente podía abrir su tan esperado regalo. Ella contuvo las lágrimas, con las pestañas temblándole por la emoción y el palpitar de su corazón retumbando en sus oídos. Mientras tanto, las lágrimas también amenazaban con derramarse de los ojos de él, pero estaba sonriendo y sorbiendo, y sus ojos eran dos estanques iluminados por la felicidad. Mientras le acariciaba el rostro con las manos, las puntas de sus dedos acariciaban la línea de su quijada y cuando le acarició la nariz con su aliento, ella se estremeció ante el amoroso toque y se congeló en su lugar, con una mezcla de sorpresa y la anticipación pintada en todo su rostro. Candy no pudo evitar que sus ojos se arrastraran hacia los labios de él, cuya forma había estado grabada por mucho tiempo en su mente. Inmediatamente, sintió una corriente de deseo por ser besada como en su vívido sueño, y el calor del rubor instantáneamente le subió por el cuello.

Mientras tanto, los enamorados estaban tan absortos el uno en el oro que eran ajenos que la matriarca estaba cada vez más alarmada por su escandaloso comportamiento y proximidad. Sus cuerpos estaban peligrosamente cerca para su gusto. La anciana no se había dado cuenta que ellos ya habían alcanzado este nivel de intimidad, y no podía soportar la visión de ellos juntos de esta manera, especialmente debido a que la joven no estaba vestida de manera apropiada. Y no solo eso, la anciana estaba furiosa por la repentina realización de que estos dos estuvieron acostumbrados a verse el uno al otro todos los días en ropa de dormir mientras vivieron juntos por más de dos años. Por ende, gruñó, “¡Suficiente! ¡Basta de tonterías!”

Los jóvenes estaban estupefactos, y giraron sus cabezas hacia la anciana. Solo entonces recordaron que no se encontraban a solas. Madam Elroy había usado su bastón para ayudarse a ponerse de pie, con el rostro enfurecido y el pecho que le subía y bajaba por la rabia.

Candy se ruborizó profusamente, sintiéndose avergonzada e incómoda bajo la furiosa mirada asesina de la matriarca de la familia. Espontáneamente, se alejó de Albert para mantener algo de distancia entre ellos, pero él extendió la mano y tomó la de ella, algo que rara vez hacía. Incluso cuando caminaron lado a lado en Lakewood, no la había sujetado de la mano. En ese momento, lo que anteriormente había asolado a Candy resurgió en su mente. “Albert,” dijo Candy, con evidente temblor en su voz, “la Tía Abuela Elroy me dijo-”

Él se llevó un dedo a la boca para indicarle que no dijera una palabra, y ella lo acató. De hecho, él comprendió lo que la estaba preocupando. Había llegado al orfanato no mucho después de que la Señorita Pony y la Hermana María habían llevado a los chicos para jugar afuera a pesar de la niebla. Cuando vio a la mucama personal de su tía, Marge, con ellos, se había hecho un panorama en su mente. A pesar de que estaba preocupado por Candy, por cortesía, había esperado dentro de la edificación sin interrumpir a las mujeres, pero las paredes no eran a prueba de sonido así que escuchó su conversación. Pronto pudo decir que Candy, quien por naturaleza era bondadosa y abnegada, estaba perturbada por el divagante discurso de su tía. Fue ahí cuando ella había declarado que lo amaba, y su corazón dio un vuelco. Sintiendo duda si había escuchado bien, se había quedado extasiado cuando ella le repitió las palabras a la Tía Elroy, de que amaba a su sobrino. Llenándose de un gozo abrumador, sintió que un nudo se formaba en su garganta y las lágrimas amenazaban por derramarse de sus ojos. Justo detrás de esa puerta está la mujer en la que no he podido dejar de pensar… Fue entonces que se decidió a intervenir.

Ahora que Albert estaba seguro de que Candy lo amaba, miró a su tía y luego nuevamente a Candy. Con los ojos fijos en los ojos color esmeralda, dijo en una voz lo suficientemente alta para que su tía escuchara, “Candy, lo que te dijo mi tía es cierto. No puedo controlar lo que los demás dicen sobre mí o sobre ti, pero tengo completo control de cómo yo me siento respecto a ellos. La verdad es que, me tiene sin cuidado.”

Al escuchar esto, la pesada carga en el pecho de ella se aligeró significativamente, pero aún seguía preocupada por él. Entonces él señaló, “Después de todo, no es la primera vez en mi vida que las personas a mi alrededor me ven por encima del hombro, ¿cierto?”

Ante el afirmativo asentimiento de ella, él concluyó enfáticamente, “Lo que más importante para mí eres tú, Candy. Contigo a mi lado, puedo enfrentar cualquier cosa que se interponga en mi camino.”

Ella estaba profundamente conmovida por sus palabras, y momentáneamente perdió la capacidad para razonar. Se quedó de pie aturdida, sintiéndose mareada y en un ensueño, con las palabras tranquilizadoras de él resonando en sus oídos una y otra vez. Asimismo pensó; su compañía significaba más para ella que cualquier otra cosa en el mundo. Cuando el ceño entre sus cejas se desvaneció, su aprensión se disipó, y los labios de él se curvaron en una deslumbrante e irresistible sonrisa, con la cual la cautivó aún más. Antes de que ella se diera cuenta, él le levantó delicadamente la barbilla y se inclinó hacia ella, capturando sus labios en un casto beso. Estupefacta, estaba demasiado sorprendida como para reaccionar. No había esperado ser besada en ese momento cuando su tía estaba justo detrás de él, pero él pronto se apartó, y ella extrañaba desde ya la calidez de sus labios sobre los suyos. Sin embargo, ese único dulce beso fue suficiente para llevarla al séptimo cielo; eso quería decir que su relación había avanzado a otro nivel.

Sus sonrosados labios eran simplemente tan suaves y embriagadores como él los había imaginado cientos de veces. Apenas y había podido romper el beso, pero ese ciertamente no era el momento apropiado de darle un prolongado beso. Quiso hacerlo para sellar frente a su tía su amor por ella. Sin embargo, Candy le pareció extraordinariamente adorable después de eso, con su rostro sonrojado rompiéndose en una sonrisa tan radiante que él tuvo que hacer uso de toda su fuerza para no tomar su boca con la suya en ese preciso momento.

Madam Elroy realmente no podía ver lo que estaba sucediendo ya que su sobrino le estaba tapando la vista al darle la espalda, pero escuchó todo y uniéndolo, dedujo lo que había sucedido. No tenía idea que ese en realidad era el primer beso que ellos compartían, y el hecho de que William se atreviera a besar a la huérfana justo frente a sus ojos había hecho que su canosa cabeza le diera vueltas. Superada la sensación de derrota, la anciana no tuvo más fuerza para permanecer de pie. Retrocedió hasta que la parte posterior de sus piernas tocaron la silla, y se desplomó sobre esta, dejando caer el bastón al suelo. Luego, con los puños apretados sobre su regazo, bajó el rostro y murmuró para sí, negando con la cabeza, “No comprendo. No comprendo nada de esto… porqué… oh, porqué…”

Tanto Albert como Candy observaron eso, y él dijo, “Déjame hablar con mi tía. Por favor ve a cambiarte, Candy, y espérame. Tengo algo que mostrarte.”

Ella accedió sin pensarlo dos veces y educadamente le deseó a la Tía Abuela Elroy que tuviera un buen día. A pesar de que la anciana no le respondió, Candy estaba demasiado emocionada como para preocuparse por eso. Quería desesperadamente darles a sus madres de crianza las buenas noticias, así que se retiró y cerró la puerta tras de sí. Por lo tanto Albert volvió su atención hacia su tía. Para sorpresa de esta, su sobrino se agachó frente a ella y le tomó ambas manos con delicadeza. Asombrada, su tía alzó los ojos para encontrarse con sus ojos azules y él le dijo, “Tía Elroy, creo que debo hacerle saber esto. Créalo o no, los oscuros recuerdos de mis días de amnesia a veces me atormentan y hacen que me despierte gritando, con un sudor frío cubriendo todo mi cuerpo. Cada vez que eso pasa me siento tan desorientado que por un momento no sé quién soy, dónde vivo o qué hago. Incluso hasta este día, recuerdo con exactitud cómo me trataba el personal del hospital, como si no fuera nada más que un hombre de identidad sospechosa… como ellos ni se molestaban por disimular su disgusto cuando me hablaban, todo el tiempo evitaron cualquier contacto visual conmigo. En resumen, yo era un pedazo de basura del que ellos no podían esperar para deshacerse.”

Su tía estaba visiblemente estremecida. Nunca le había revelado en detalle su horrible experiencia como paciente. Lo que le dijo a continuación incluso la desequilibró aún más, “Yo estaba aterrado… de hecho, me hundí en la desesperación al enterarme por el Dr. Leonard que nadie podía predecir cuándo me regresaría la memoria. Como deseé que eso fuera simplemente una pesadilla de la que pudiera despertar, pero no. Parecía que esa terrible situación no tenía fin. Tía Elroy, póngase en mi lugar, y verá porqué preferiría no existir que soportar indefinidamente ese dolor y humillación. De hecho, en aquel entonces pensé en suicidarme, más de una vez.”

Ella dejó caer la mandíbula, horrorizada. ¿Cómo el personal del hospital pudo tratar mal a su adorado sobrino de esa manera? Sin embargo, su voz era tan tranquila que a ella le costaba creer que él estaba hablando de su propia experiencia. A continuación, él se levantó poniéndose completamente recto y haló otra silla a manera de sentarse frente a su tía. Entonces la miró a los ojos y continuó, “Candy fui mi única esperanza en aquel entonces. Ella fue prácticamente mi ángel. Si no fuera por ella, no habría sobrevivido aquellos días. Tía Elroy, cuando usted usó su influencia para hacer que el Dr. Leonard la despidiera ya que ella había estado viviendo por meses con un paciente de sexo masculino, ella pudo haberme abandonado, pero me defendió y se quedó conmigo. Es más, continuó animándome, día tras día, no porque pudiera beneficiarse por mi eminente estatus social o mi inmensurable riqueza, sino simplemente porque yo era su amigo, un amigo sin hogar y sin un centavo. Aparte de Rosemary, nunca en mi vida he conocido a una persona más solícita. ¿No puede ver, Tía Elroy, por qué Candy es la única mujer en el mundo en quien confío plenamente?”

Su tía obstinadamente apartó la mirada, esquivando su pregunta. Entonces él dejó escapar un suspiro y prosiguió, “Para el momento en que tuve conocimiento de nuestra relación legal, me di cuenta de que me había enamorado de ella. Me encantaba su reconfortante presencia, y fui incapaz de apartarme voluntariamente de ella. Sin embargo, debido a ella, tuve el valor de abrazar mi destino y asumir mi papel y responsabilidades en el clan.”

Perpleja, un ceño de desconcierto se materializó en el arrugado rostro de su tía, pero él no entró en más detalles. Solamente dijo, “Por ella, estuve más que dispuesto a salir de mi escondite, a presentarme en sociedad antes de lo que estaba planeado a manera de que nadie jamás pudiera hacer mal uso de mi nombre con tal de obligarla a hacer algo en contra de su deseo.”

Él sonaba pragmático, y no había rastro de ira o de amargura en su tono de voz, pero el semblante de su tía se puso pálido, recordando el forzado compromiso que ella le había impuesto a Candice hace más de dos años. Aun mirando a su tía, le colocó una mano sobre el hombro diciendo, “Para mí, Candy es hermosa primeramente por su interior. Ella me ama por quien yo soy, no por mi dinero o por lo que puedo hacer por ella. Por lo tanto, no importa lo que me ocurra, sé que ella simplemente me amará de igual manera.”

Habiendo dicho eso, le dio un breve abrazo, el cual casi deja estupefacta a su tía. Pocas veces, si es que alguna, le había mostrado afecto ya que con él, ella siempre había tenido una postura estricta y estoica. Antes de que ella pudiera recuperar la compostura, lo escuchó decir, “Gracias por escucharme, Tía Elroy, pero tengo que irme. Siento mucho haberla preocupado. Tenga la seguridad de que más tarde estaré de vuelta en Chicago. Ahora, deje que vaya por Marge para que usted puede marcharse a casa.”

Entonces él se dirigió hacia la puerta. Con la mano en el pomo, ladeó la cabeza sobre su hombro y señaló, “Tía Elroy, no espero que cambie enseguida su actitud hacia Candy, pero por favor, al menos tenga presente que ella fue la única compañía que tuve durante mis peores momentos. Por lo tanto, sin importar lo que usted piense, continuaré amándola y atesorándola mientras que yo tenga vida.”

Después de eso, abrió la puerta y la dejó sola en el interior de la oficina. Para el momento en que Marge regresó con la Señorita Pony y la Hermana María, el rostro cansado de Madam Elroy parecía como si hubiera envejecido mucho más. En el trayecto de regreso a Chicago, cerró los ojos y parecía haberse quedado dormida, pero en realidad su mente seguía regresando a lo que había ocurrido allá en la pequeña oficina del orfanato, antes y después de que su sobrino apareciera. Madam Elroy se estremeció, imaginando como William siendo un paciente había sido despreciado por muchas personas. Como él dijo, habría podido morir por la desesperación. Sobre todo, a la matriarca le era imposible negar el genuino júbilo mostrado en el rostro de este cuando había sostenido a la joven huérfana entre sus brazos. Nunca lo había visto más feliz, por lo que no pudo evitar preguntarse a sí misma, ¿cómo será casarse por amor?

Después de que Madam Elroy se marchó, la Señorita Pony y la Hermana María llevaron nuevamente a los chicos al interior del orfanato. Era hora de su refrigerio matutino. Mientras que los chicos disfrutaban sus galletas, la Señorita Pony le murmuró a la Hermana María, con los ojos húmedos detrás de sus lentes, “Finalmente Candy encontró su felicidad.”

La Hermana María asintió, con una sonrisa de satisfacción adornando sus labios. “Es cierto,” añadió antes de cerrar los ojos. Entonces entrelazó sus manos y oró, dando gracias en silencio.

Ellas no podían olvidar el día en que Albert había traído de vuelta a Candy de Miami. Él se había abierto ante ellas, diciéndoles que había estado enamorado de Candy desde hace tiempo y pidiéndoles su permiso para cortejarla. Sin embargo, no deseando poner en peligro su amistad de tanto tiempo, no le confesaría su amor hasta que estuviera completamente seguro de que ella lo amaba solo a él. Él había preparado una sorpresa para ella, una empresa para tantear el terreno, pero tuvo que esperar pacientemente el escenario y momento perfecto.

Entonces las dos mujeres dejaron escapar un suspiro al unísono. Candy se encontraba en ese momento afuera con Albert, posiblemente arriba en el refugio favorito de ambos, la Colina de Pony, pero las mujeres no estaban completamente seguras de ello. La niebla era tan densa que no había mucho que admirar desde cualquier parte. Ignoraban, que aunque los parches de niebla cubrían los valles, sobre la colina la niebla ya se había disipado, por lo que Albert y Candy en realidad podían observar el despejado cielo azul.

De hecho, antes de que llegaran al lugar en donde Candy había plantado la Dulce Candy, la cual había traído desde Lakewood, ella pudo observar un columpio de madera para dos que colgaba de una rama robusta de su árbol favorito. Cuando le lanzó a Albert una mirada de sorpresa, él le sonrió, comentando, “Espero que te guste.”

“¡Por supuesto! ¡No puedo esperar para probarlo!” exclamó con entusiasmo, corriendo a toda velocidad hacia el columpio. Solamente cuando estuvo cerca, ella pudo ver que en el asiento de madera estaban grabadas unas palabras:

Candy, ¿te casarías conmigo? Con amor, Albert’

Extasiada y alucinada, no podía creer lo que sus ojos veían. Él se acercó lentamente hacia ella, sonriendo. Era otro cálido día de verano, y él sostenía su chaqueta sobre el hombro, con la corbata aflojada. Cuando estuvo cerca, dejó caer la chaqueta en el suelo y tomó las dos manos de ella. Luego se arrodilló sobre una pierna y sacó una cajita de terciopelo color azul marino con un reluciente anillo de diamantes en su interior. Sus ojos penetraron los de ella, y dijo con fervor, “No tuve suficiente tiempo y destreza para tallar más palabras… Te amo, Candice White, con todo mi corazón. ¿Me harías el honor de ser mi esposa?”

Los sentimientos la abrumaban. Hoy todo había pasado tan rápidamente. Cuando lo vio, desconcertada, él volvió a profesarle su amor otra vez. Luego le explicó que no había recibido su carta hasta que regresó de un corto viaje de negocios, y desde entonces, apenas pudo apartarse de ella, leyéndola una y otra vez. Su mayor preocupación era sí realmente disfrutaría su vida con él en la ciudad. Ella tendría que renunciar a todo ahí en el pueblo rural.

Cuando él rompió el contacto visual y se quedó mirando fijamente hacia el suelo, ella se inclinó y suavemente tiró de él por los hombros para que se levantara. En cuanto se puso de pie, ella lo rodeó con los brazos como si nunca lo dejaría ir. Recargándose sobre él, declaró, “Sí, yo también te amo, Pequeño Bert. Por ti, estoy dispuesta… más que dispuesta, a dejar todo atrás. A donde sea que tú vayas, yo iré.”

Ese era el lugar en donde Candy había tenido su primer encuentro hace muchos años con el Príncipe de la Colina, y era también el lugar dónde él le había propuesto matrimonio. Teniendo ambos lágrimas en los ojos, él le deslizó el anillo de compromiso en el dedo, y le confesó lo mucho que la había extrañado en Sao Paulo. Fue por eso que cuando vio el anillo en una de las joyerías de allá, en un impulso lo había comprado. Sin embargo, deliberadamente lo había dejado en Lakewood. Ayer, había ido ahí para recogerlo y se había quedado en la cabaña del bosque cerca de la cascada, donde tenía todas las herramientas y materiales que necesitaba para fabricarle un columpio de madera.

Entonces se acurrucaron sentados sobre el columpio, y le dio un beso inolvidable. Con los ojos cerrados, todo empezó dulce y tiernamente. Cuando ella se derritió contra él, pasando sus dedos por los ondulados y rubios cabellos de él, él le acunó la parte posterior de la cabeza y rodeó con su otra mano su esbelta cintura, halándola más cerca de él y profundizando el beso a un ritmo lento. No quería asustarla, pero ella estaba delirando por la felicidad, siguiendo su ejemplo y respondiéndole con más ardor. En el instante en que sus lenguas se tocaron, la sensación no se parecía en nada a lo que alguna vez hubiera experimentado con anterioridad. Sintió como si hubiera sido impactada por un rayo, pero de una manera maravillosa. Estaba flotando en el aire, habiendo alcanzado tal intimidad con su príncipe. En un segundo sus piernas se volvieron de gelatina, y se habría desplomado si no hubieran estado sentados. Por ende, estaba más que feliz por tenerlo sentado a su lado, juntos y acurrucados con los fuertes brazos de él encerrándola en su amoroso abrazo y sus pies tocando ocasionalmente el suelo para evitar que el columpio se balanceara demasiado.

Así sucesivamente, sus labios se moldeaban a la perfección, sus lenguas danzaban. Para ella, eso era completamente alucinante y fascinante. Aunque más de una vez había soñado con ser besada por su Príncipe de la Colina, esto iba más allá de su más descabellada imaginación. Mientras derramaba en sus besos todo el amor que sentía por él, él estaba haciendo lo mismo con ella, saboreándola y degustándola con deleite. El corazón de ella golpeaba dentro de su caja torácica como si fuera un tambor, como si pudiera estallar en cualquier segundo por las turbulentas emociones. Incluso el columpio se mecía de atrás hacia adelante en respuesta a la pasión de los dos, los otros sonidos eran el canto de las aves por encima de sus cabezas y su fuerte respiración.

Algunos momentos después, cuando sus respiraciones se tornaron cada vez más irregulares, aún estaban reacios a detenerse, pero cuando respirar se volvió una necesidad, se apartaron a regañadientes, mirándose el uno al otro con otra perspectiva. Después de todo acababan de compartir su primer beso verdadero. Jadeando fuertemente, él le sujetó la mano donde tenía puesto el anillo y se la llevó a los labios, y la besó larga y amorosamente. “Candy, eres increíble,” su príncipe admiró, con sus deslumbrantes ojos azules observando sus mejillas enrojecidas y sus ligeramente labios hinchados. Cuando ella tímidamente apartó la mirada, él soltó una risita y cariñosamente le colocó los mechones de rizos detrás de la oreja. “Mi hermosa prometida, ¿estás lista para regresar? Debo pedirle a la Señorita Pony y a la Hermana María tu mano en matrimonio.”

Ella asintió, con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos. Sus palabras eran música para sus oídos. Sí, ahora eran prometidos, ¿o no? Aunque ella aún tenía muchas dudas en su mente, como la tía de él, sus parientes, su reputación, etcétera, gustosamente permitió que la tomara de la mano, caminando juntos y sin prisa hacia el orfanato después de que él se volvió a poner la chaqueta. El inesperado encuentro de hoy con su severa tía, había convencido más que nunca a Candy de que Albert ya se había preparado para pelear cualquier latente oposición por parte de esta, por su amor. Candy también se prepararía por él, ya que no podía esperar para casarse con su Príncipe de la Colina, su Pequeño Bert.

(Continuará…)

Relación Peculiar

Nota:

Dejé que mi imaginación volara libremente cuando escribí este capítulo. 😛 Me gusta mucho Orgullo y Prejuicio de Jane Austen, y me inspiré en la escena donde Lady Catherine visita a Elizabeth Bennett, quien también tenía alrededor de veinte años de edad, muy temprano por la mañana, dándole sus razones por las que la familia de ella solo le traería vergüenza a su sobrino, el Sr. Darcy, un rico y apuesto hombre de casi treinta años. Aunque Elizabeth no estaba segura que sentía él por ella, ella tenía fuertes sentimientos hacia él, así que no le pudo prometer a Lady Catherine que no se casaría con Darcy. 🙄

Aquellas que han leído el epílogo de Candy Candy Final Story (CCFS), encontrarán familiares los recuerdos de Candy. Si no lo han leído, acá está el enlace para los spoilers (los spoilers se encuentran en inglés). Si les interesa, también he escrito muchas publicaciones acerca de esas cartas entre Albert y Candy. Acá algunas de ellas: Un abrazo muy apretado, Más que palabras, y El día que su vida cambió (todas en inglés).

Si prefieren leer las cartas en un fanfic, recomiendo ampliamente la historia en español, Memorias de la Señora Andrew, escrita por mí amiga, Quevivacandy. Ella ha permanecido fiel a la historia original presentada por Mizuki en CCFS. 🙂 O pueden leer mi otro fanfic corto basado en estas cartas, El Diario.

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